sábado, 25 de abril de 2009

"¿Dios ha muerto? Notas sobre lo Sagrado".

Borrador. ¿Dios ha muerto? Notas sobre lo Sagrado.

Todo lo que sigue es simplemente un borrador.

Justificación.
Esas notas nacen de las preguntas insistentes de los alumnos acerca de una cuestión: qué pienso yo sobre Dios. Todo ello a partir del estudio en clase de la obra de diversos autores, aunque sobre todo con Tomás de Aquino y las 5 vías.
Sin embargo el tema de Dios, de lo divino y de lo Sagrado ha aparecido desde el comienzo del curso, con los antiguos Griegos, el nacimiento de la Filosofía y su relación con el mito. Al ir finalizando el curso aparecerá también en Nietzsche , por ejemplo, con su pensamiento acerca de la muerte de Dios.¿Qué pienso yo de todo ello? En las líneas que siguen intento aclararme a mi mismo. E intentamos centrar la cuestión en el título de la charla: “¿Dios ha muerto? Notas sobre lo Sagrado”.

1.Definiendo algunos conceptos.

Comenzaremos estas notas definiendo antes de nada dos conceptos que vamos a utilizar a menudo. Esos conceptos son los de “mundo” y “lo sagrado”.

Vamos a entender por “mundo” aquel modo de presentarse la realidad por el cual podemos controlarla, dominarla, preveer su comportamiento, reducirla a nuestros deseos, hacerla coincidir con nuestros sueños y proyectos. “Mundo” es la realidad en cuanto cae bajo el poder y dominio de nuestras capacidades lógicas, lingüísticas y técnicas. Es la realidad cuando se presenta dócil a nuestros proyectos y deseos, a su instrumentalización y utilización.

Sin embargo es una experiencia común la constatación de lo siguiente: más allá de todas nuestras capacidades de dominio (lógico, lingüístico, tecnológico), la realidad muestra una dimensión absolutamente indominable para el hombre. Podemos transformarla para adaptarla a nuestras necesidades, pero no de forma ilimitada. En última instancia, la realidad se sustrae al dominio del ser humano y sus instrumentos. Pues bien, la realidad, en cuanto se resiste perpetuamente a la voluntad de poder del hombre, aparece como “lo sagrado”.

En consecuencia, vamos a entender por “lo sagrado” aquel modo en que la realidad se presenta más allá de nuestras capacidades de dominio y control, como lo absolutamente indominable, resistente a nuestros proyectos y sueños, como lo absolutamente Otro a nuestros deseos de poder. Lo sagrado es (ese modo de presentarse) lo real cuando irrumpe en nuestra vida escapando a todos nuestros intentos de conceptualización y determinación, uso e instrumentalización, trascendiendo así cualquier utilidad.

Un texto de Fernando Savater en su libro “Invitación a la Ética” nos servirá para ilustrar esta definición: “Pues lo sagrado es extrañeza en estado puro, es lo absolutamente otro; algo del azoro y la extrañeza de lo sagrado sentimos al avergonzarnos de nuestras turbadoras fantasías o de nuestros sueños. Todo aquello en que se revela lo auténticamente otro, lo que escapa a nuestras categorías o a nuestra voluntad, lo inhumano, lo imprevisto, lo incontrolable, tiene algo de sagrado, sea la naturaleza, o la violencia sin cálculo, la enfermedad y lo inexplicable, el azar, la muerte. También el erotismo y en general todo amor. Los dioses son las simbolizaciones preferentes de las diversas manifestaciones de lo sagrado, por las que nos aproximamos a la extrañeza con mayor familiaridad, pero sin dejar de sentir el temblor del asombro. A este tipo de relación con lo sagrado es a lo que ya hemos llamado antes piedad, que exactamente consiste en “saber tratar adecuadamente con lo otro” (Zambrano)”.

2. Dos órdenes de experiencia.

A partir de estos conceptos podemos afirmar que nuestra vida se juega en dos órdenes de experiencia, y no sólo en uno. Por una lado vivimos en el mundo, siendo el mundo la realidad en tanto dominable por nuestra voluntad, comprendida por nuestro entendimiento y transformada por nuestros proyectos. Pero ahí no se agota nuestra experiencia de vida porque, a la vez, vivimos también lo que trasciende este orden. En nuestra vida irrumpe lo indominable, lo indisponible, lo no instrumental, lo no reductible a nuestra voluntad de poder: lo sagrado.

Vivir implica encontrarse, querámoslo o no, entre esos dos órdenes de experiencia: el mundo, la realidad sumisa a nuestros sueños, y lo sagrado, lo real irrumpiendo en su extrañeza y misterio.

Pero si es cierto ¿podríamos encontrar en nuestra vida ejemplos de experiencias cercanas en las que algo cotidiano y conocido, de repente nos revela otro rostro, el rostro de algo que trasciende todo nuestro saber sobre ello, quebrando nuestro conocimiento y abriendo el mundo hacia lo indisponible? Si fuera así, en esas experiencias encontraríamos signos de lo sagrado, y eso es lo que ahora estamos buscando.

3. Signos de lo sagrado: los símbolos.

Los signos de lo sagrado, que ahora buscamos, y que están dispersos por nuestra vida como semillas olvidadas esperando renacer, tienen un carácter peculiar, por la siguiente razón. Son modos en los que lo sagrado se manifiesta, (y eso lo atestigua nuestra experiencia, como luego veremos) pero en ellos lo sagrado se mantiene oculto y velado. Con esto queremos decir que lo sagrado se manifiesta en esos signos, pero ninguno de ellos agota su realidad. ¿Cómo llamamos a esos signos que, refiriéndose a aquello que nombran y así haciéndose en ellos presentes, jamás lo agotan? Esos signos reciben el nombre de símbolos. Lo Sagrado se revela en los símbolos que lo nombran pero ningún símbolo agota jamás la realidad de lo Sagrado.

Repitámonos esa idea para que quede lo más clara posible. Aquello en lo que irrumpe lo sagrado recibe el nombre de símbolo, pero ningún símbolo agota la realidad de lo Sagrado. Y ello porque lo Sagrado es precisamente lo que desborda todo intento de dominio y aprehensión lógica, lingüística o técnica.

5. Buscando signos de lo Sagrado.

Esta búsqueda de signos de lo Sagrado no es original, ni inicia ningún camino. Una infinidad de culturas, es decir, de formas de vida, atestiguan desde siempre (signos de) la irrupción de lo sagrado en el mundo.

Y así, hubo un tiempo en el que lo sagrado se le revelaba y mostraba al hombre como principio salvaje e indomable, generador de vida y dador de muerte, Diosa madre, Magna Mater, origen de toda vida y principio de toda muerte. Lo sagrado irrumpe en el mundo como Poder engendrador y destructor y a él se refieren el ciclo de las estaciones, la alternancia del día y de la noche, o el giro interminable del nacer y del morir. Tales fenómenos son el modo en el que lo Sagrado aparece ocultándose.

La forma que mejor simboliza ese lado oscuro de lo sagrado en el de la Magna Diosa, fuente de todos los dones pero también fuente de todas las catástrofes. Son por ejemplo la diosa Gea, o Cibeles. En el cielo se manifiesta como principio nocturno. Bajo tierra se manifiesta como poder que aparece y se oculta en forma recurrente y periódica.

En otro tiempo, lo sagrado se le revelará al hombre como poder que pone orden en ese principio generador y destructor, limitándolo y reconduciéndolo según su propia ley. El carácter salvaje e indómito de lo sagrado, animal monstruoso de mil cabezas, Gorgona de cabello formado por serpientes y cuya mirada mata al instante, caerá aniquilado por el poder de la luz. El dragón muere en manos del caballero, Hércules aniquila a todo ser que proviene de las sombras. El Dios padre determina y da forma a lo real, fijando sus límites y sometiéndolo a su ley.

Hubo un tiempo también en el que lo Sagrado se reveló al hombre no como principio de vida y muerte, ni como principio de ley y orden, sino como fuente de salud, alegría y amor. Y así, la diosa salvaje rodeada de fieras y la espada que la vence instaurando el orden dejan paso a aquel que trae una palabra de redención, más allá de un orden seguido siempre por el miedo y la culpa. Se trata del Enviado, aquel que ha de venir.

6. Signos de lo Sagrado hoy: Dios ha muerto.

Hubo un tiempo, como vemos, en el que lo Sagrado se encarnaba en las palabras que lo nombraban y arrojaban luz sobre las cosas y los actos de los hombres. Sin embargo debemos ahora hacernos una pregunta. ¿Cómo se presenta hoy y entre nosotros la realidad en ese modo de aparecer que hemos denominado “lo Sagrado”? Lo Sagrado irrumpe en el mundo porque la realidad sigue resistiéndose a todos nuestros intentos de dominación y control. ¿Cómo lo hace hoy?

Antes de dar cualquier contestación debemos describir brevemente la situación en la que nos encontramos y que determina el punto de partida de esa pregunta. Al enunciar esa pregunta nos encontramos siempre ya en un mundo en el que las palabras que hablan de lo Sagrado han perdido su poder de convocatoria y simbolización. Los relatos en los que se narra la irrupción de lo Sagrado en el mundo ya no nos dicen nada, son palabras que apuntan hacia algo que ya no aparece. Esas palabras han perdido toda eficacia y son entendidas como fabulaciones, relatos imaginarios, productos de la subjetividad, imaginaciones de los hombres, pero no como lugar donde se dan cita el hombre y lo Sagrado.

Por todo ello debemos decir que nuestro mundo es un mundo del que los dioses han huido, del que lo divino se ha retirado. Vivimos en un mundo en el que lo Sagrado se ha replegado en un silencio del que nada parece poder sacarlo. ¿Y en qué consiste el silencio llevado al límite? Ese silencio llevado a su máxima expresión no es sino el silencio de la propia muerte, la muerte de Dios. Por ello pensamos que nuestro mundo es el mundo en el que Dios ha muerto. Toda palabra que nombra a Dios, a lo divino, a lo Sagrado, es sospechosa de engaño y mentira, de ser proyección de deseos inconscientes, de miedos inextinguibles o de anhelos de poder. El silencio de Dios es incluso olvidado como tal silencio y sólo vivimos entre cosas.

Por todo ello podemos decir que la muerte de Dios es el horizonte a la luz del cual hoy interpretamos nuestra vida, aunque no lo llamemos así. Hubo un tiempo en el que el nacer y el morir, el vivir, el hablar, el desear, se realizaban a la luz de una realidad entendida como fuerza eterna que se regenera sin cesar, o como poder dominante del cielo y de la tierra, o como lugar en el que la verdad acampó aunque nadie se dio cuenta de ello. Hoy, sin embargo, ese horizonte está vacío, no hay nada, o dicho de otro modo: hay la Nada, el vacío, el desierto. Y de ese modo transcurre nuestra vida, a la luz de la nada. No somos nada, en efecto. Nacemos, vivimos, gozando y sufriendo, para después de un breve forcejeo morir y volver a la nada. Lo Sagrado, en otro tiempo poblado de Dioses, de seres intermedios o del Dios del abismo y del Silencio, está ahora arrasado. El desierto crece, nos dicen, y en efecto, el desierto ha secado el poder revelador de todos aquellos relatos que señalaban la aparición de lo Sagrado en el Mundo. Ninguna palabra señala ya la aparición de lo sagrado en el mundo. Ninguna palabra ni signo ni símbolo apuntan a nada que desborde nuestro mundo. Todo es conocido, cotidiano, sabido, controlable, manipulable, y si todavía no lo es, lo será en el futuro.

El desierto crece, Dios ha muerto. Eso implica que el doble orden de experiencia en el que vivimos muestra tachada una de sus dimensiones. Lo Sagrado, la realidad más allá de toda voluntad de poder humana, rehúsa toda comparecencia y deja como rastro humo, o menos aún, vacío, y tras de sí, un mundo de cosas que simplemente son lo que son para nuestro sano sentido común. Cosas que responden dóciles a su definición y una voluntad dominadora que se agota (y agota a toda realidad a ser solo lo que es) en planificar, gestionar y organizar el desarrollo y despliegue de un mundo en el que nada ocurre si no es el eterno retorno de lo Mismo.

Y sin embargo, lo Sagrado irrumpe en el mundo, hoy. En un mundo determinado por la muerte de Dios, por la ausencia de relatos capaces de simbolizar su irrupción y articular su revelación sigue desvelándose. Porque se puede encontrar en ese mismo mundo algo que lo desborda y trasciende, algo que aparece en él y a la vez escapa a todo intento de entendimiento. Experiencias, signos de lo sagrado

Podemos señalar alguna de ellas. En primer lugar, la experiencia de la muerte. En efecto. La palabra muerte no tiene un único significado, sino al menos dos. La muerte como algo conocido y sabido por todos, como aquello que no deja de ocurrirles a todos, de repetirse sin fin en el pasado, en el presente, en el futuro, aquello conocido y estudiado por tantas ciencias, como la sociología, la psicología, la medicina, la estadística. Nada más cotidiano y habitual. Cientos de expertos nos hablarán de ella, la relacionarán con condiciones socioeconómicas, nos enseñarán las fases de su aceptación, nos orientarán a la hora de responder ante su embate. Sin embargo esa muerte conocida es siempre la muerte de los otros. Porque de la propia ¿qué experiencia hay, a cual podemos acudir en el pasado para saber a qué atenernos? ¿Ha ocurrido en el pasado? Está por definición siempre por venir. Por tanto, nadie nos puede alumbrar respecto a ella. Nadie. Es lo irreductible a todo intento de comprensión y nuestra vida se ve a su luz. Pero esto implica lo siguiente. Ser mortal no significa estar destinado a la desaparición, sino vivir a la luz de un Misterio.

Tales experiencias se dan y sin reclamar nada más que a ellas mismas nos fuerzan a decir que no basta con lo que el mundo cree que es. La realidad se presenta de más modos que los convencionales.

Y si es así, podemos volvernos sobre los relatos que nos hablan de lo Sagrado y tratar de escucharlos de nuevo en busca de su sentido, sabiendo que lo sagrado se muestra en los símbolos, pero ningún símbolo agota lo sagrado. Así respecto a lo sagrado diremos que lo sagrado hoy aparece como una polifonía de voces a desentrañar.

viernes, 6 de marzo de 2009

Notas sobre el deseo, la pasión y el tiempo.

(Lo que sigue son sugerencias y notas al hilo de la lectura de un libro: "Tratado de la pasión", de Eugenio Trías, con un poco de "Lógica del sentido" de Deleuze y quién sabe qué más).
Notas sobre el deseo, la pasión y el tiempo.

1. Deseo y pasión.

El deseo persigue su objeto, aquello que anhela, y cuando logra atraparlo se consuma y concluye. A la luz del deseo, el pasado es pérdida, el presente búsqueda y el futuro consumación. Pero ¿por qué nos dicen que el deseo es dolor?. Al culminar su búsqueda, cesa y termina, pero renace de nuevo en busca de algo que no deja de faltarle. Los objetos que se le presentan no logran saciar del todo su anhelo. Por esa razón el deseo está perpetuamente insatisfecho y busca algo que jamás acaba de encontrar.

Con la pasión ocurre algo distinto. La pasión también busca y anhela, arrebatada como está por aquello que la saca de sí, pero eso que anhela es la reiteración misma de lo que la apasiona. Alcanzar su fin implica insistir en él, lograrlo es a la vez insistir en su repetición. Para ella todo cumplimiento es un nuevo comienzo.

El fin del deseo huye de él faltando siempre en el lugar donde cree que está. El fin de la pasión, al ser logrado y alcanzado es a la vez replanteado, repetido y buscado en su reiteración.

2. Deseo, pasión y tiempo.

El deseo, que es anhelo de aquello que le falta, se relaciona con el tiempo del siguiente modo. El pasado del deseo es la pérdida y la ausencia de lo que busca. El presente es la búsqueda misma. El futuro es su consumación. Ausencia, búsqueda, consumación. Pasado, presente, futuro.

Con la pasión ocurre algo distinto. Consumar una pasión no implica concluirla sino insistir en ella y repetirla, no desde su falta, sino desde su celebración. Y si en el deseo están separados el pasado y el futuro, en la pasión son imposibles de separar, aunque no se confunden. El pasado está aún por venir. El futuro ya ocurrió, pero por lo mismo quiere hacerse de nuevo presente y retornar...Y el presente insistiendo siempre en su renovación.

2. Lo hecho y lo por hacer.

A la luz de la pasión podemos decir, por tanto, cosas como éstas: nuestra vida ya está cumplida (esa es la buena noticia) pero precisamente por eso hay siempre tanto por hacer. En efecto, hay mucho que hacer, pero no porque mucho nos falte. La pasión, pintar por ejemplo, está realizada, pues el pintor se encuentra siempre ya atrapado por ella. Pero como su consumación no es su conclusión, sino su repetición, su tarea se abre a una nueva obra. No están separados lo hecho y lo por hacer. En la pasión se repite lo siempre ya hecho, que vuelve como lo siempre por hacer. El presente es repetición de lo que fue, en tanto que está siempre por venir. Entre lo hecho y lo por hacer, la pasión. Y lo propio de la pasión es avanzar y tirar en los dos sentidos a la vez. El deseo separa los dos sentidos y anula uno en beneficio del otro: si algo está hecho, no está por hacer, y si está por hacer, no está hecho. Algo distinto ocurre con la pasión. Porque para la pasión la consumación no es cese, sino repetición y nuevo comienzo, lo hecho vuelve como lo siempre por hacer. La palabra que entonces sobrevuela cada momento y cada dimensión es ésta: celebración.

3. De nuevo deseo, pasión y tiempo.

En el deseo, las dimensiones del tiempo se niegan unas a otras. Lo pasado no es presente ni futuro, lo presente no es futuro ni pasado, lo futuro no es pasado ni presente. Sin embargo, en la pasión, el pasado, el presente y el futuro se coimplican mutuamente, buscándose los unos a los otros. El pasado en un futuro que quiere hacerse presente. El futuro es un pasado que quiere regresar. El presente es un continuo renacer en el que ambos se dan cita.

A la dimensión del ser ya lograda la pasión, en tanto que se encuentra siempre ya arrebatada por lo que la apasiona, cabe llamarla pasado. A la dimensión de la pasión por la cual está siempre abierta a la repetición la llamamos futuro. A su dimensión de reiteración, celebración y cita, de insistencia en sí misma de la pasión, la llamamos presente: regalo, don. Tres miradas sobre lo mismo.

En el pasado un niño siempre ya nacido. En el futuro un niño siempre por venir. En el presente un niño naciendo.

La pasión nos dice que el cumplimiento es un recomenzar, es un nuevo comienzo. Y todo comienzo un retomar lo sido como porvenir.

lunes, 1 de septiembre de 2008

En qué consiste morir (1 de 3).

Un texto de Antonio Machado y otro de Martinez Marzoa nos ayudan a platear la cuestión:
“Es casi seguro –decía mi maestro- que el hombre no ha llegado a la idea de la muerte por la vía de la observación y de la experiencia. Porque los gestos del moribundo que nos es dado observar no son la muerte misma; antes al contrario, son todavía gestos vitales. De la experiencia de la muerte no hay que hablar. ¿Quién puede jactarse de haberla experimentado? Es una idea esencialmente apriorística; la encontramos en nuestro pensamiento como la idea de Dios, sin que sepamos de dónde ni por dónde nos ha venido. Y es objeto –la tal idea digo- de creencia, no de conocimiento. Hay quien cree en la muerte, como hay quien cree en Dios. Y hasta quien cree alternativamente en lo uno y en lo otro.

*

La vida en cambio, no es –fuera de los laboratorios- una idea, sino un objeto de conciencia inmediata, una turbia evidencia. Lo que explica el optimismo del irlandés del cuento, quien, lanzado al espacio desde la altura de un quinto piso, se iba diciendo, en su fácil y acelerado descenso hacia las losas de la calle, por el camino más breve: hasta ahora voy bien.”
Juan de Mairena. A. Machado.


*******************************************

“Porque la presencia es salir a la luz, siempre hay un dentro, una impenetrabilidad. Y esto forma parte necesariamente de la claridad, de la presencia: nada puede aparecer sin tener al mismo tiempo una profundidad, una inagotabilidad; presencia es al mismo tiempo enigma; la pesadez de la roca, la dureza, el color, son presencia, por eso mismo son profundidad que no se deja agotar, explicar, que no se deja reducir a nada, que es; ciertamente la ciencia (moderna) puede “explicar” el color (como frecuencia y longitud de onda), la pesadez (como cantidad de una determinada magnitud física, definida por operaciones matemáticas), etc; pero lo que así resulta ya no es color ni pesadez; la pesadez como tal, el color como tal, la dureza como tal, no están presentes (en su irreductible presencia) en ninguna fórmula matemática; la “explicación” lo único que ha conseguido es que la pesadez, la dureza y el color como tales, se esfumasen; la presencia sólo es presencia en cuanto permanece inexplicada. La presencia es al mismo tiempo impenetrabilidad; el aparecer es al mismo tiempo substraerse. Por eso en la filosofía griega la noción de presencia se encuentra siempre en una oposición.

Ahora bien, como esta oposición es “ser/no-ser” y esto tiene que ver con el perecer, con la muerte, para una mentalidad moderna parece que estamos mezclando dos cosas distintas: la impenetrabilidad, la “profundidad” de que hemos hablado, con el “dejar de existir” que es el perecer. Sin embargo, para los griegos no había tal “existir”. Nacer es llegar a la luz, y perecer es hundirse, abandonar la luz, renunciar a la presencia; lo que está –lo que se (sos)tiene- en la luz sigue perteneciendo a lo impenetrable, sigue en definitiva impenetrable, y por ello ésta ha de ser la última palabra, la conclusión de su presencia. La verdad (no sólo la presencia de cada cosa) es en definitiva ocultamiento, no-ser. Por eso la muerte es la última palabra –lo definitivo- del ser-hombre (“ser” que consiste en la verdad) ; los hombres son “los mortales”; la muerte es la impenetrabilidad misma del ser humano, es aquello que, siendo la posibilidad más esencial, la única que no tiene vuelta de hoja, por eso mismo jamás es presente, jamás puede ser presentada, dicha (puesta de manifiesto), imaginada o comprendida; Heráclito dice “a los hombres les aguarda muertos lo que no esperan ni se figuran”; no dice sólo que no se figuran lo que les aguarda (es decir: que les aguarda algo que no se figuran), lo que podría interpretarse en el sentido de una mera ignorancia de los hombres acerca del “más allá” (aunque fuese una ignorancia necesaria); lo que dice es que “cuanto no (o “lo que no”) esperan ni se figuran” –es decir: lo no conjeturable ni esperable, en cuanto no conjeturable ni esperable, lo incomprensible, el abismo- forma parte (y precisamente como lo único inevitable y definitivo) del proyecto, de la posibilidad (por eso “aguarda”) que constituye el ser humano; y esto que, como remisión a lo impenetrable, forma parte necesariamente de la existencia, es lo que llamamos la muerte; no es un acontecimiento que se presenta al final (porque precisamente no “se presenta”, no es nunca presente), sino posibilidad (siempre posibilidad –“aguarda”-, pero siempre la única necesaria) que configura en todo momento el proyecto que es nuestra existencia".

Historia de la Filosofía (vol. I). F. Martínez Marzoa.




viernes, 8 de agosto de 2008

En qué consiste vivir.

Vivir, según nos cuentan hombres sabios de muchos lugares y diversos tiempos, no tiene que ver tanto con ir pasando una serie de etapas que nos llevan poco a poco de la cuna a la sepultura, sino más bien con un cierto repetir, en cada una de ellas, algo que no deja de ser, y que con cada repetición adquiere nuevas determinaciones, aspectos y sustancia. La vida, movimiento interminable que reposa en sí mismo, se asemeja a la variación sin fin de un mismo tema, cuyo retorno no adviene si no es con novedad. Retorno y novedad se dan la mano en eso que llamamos "el pasar del tiempo". El pasar del tiempo es un volver de lo que siempre es, que adviene en su novedad irreductible.

El siguiente texto de Platón, sobre la inmortalidad en el tiempo,tomado del libro "Filosofía del futuro" de Eugenio Trías, me lleva después a otro texto de Luis Espinal, un jesuita español nacionalizado boliviano y asesinado allí en 1980. Aquí están los dos:

“La naturaleza mortal busca en lo posible existir siempre y ser inmortal. Y sólo puede conseguirlo con la procreación porque siempre deja un nuevo ser en el lugar del viejo. Pues ni siquiera durante este periodo en que se dice que vive cada uno de los vivientes y es idéntico a sí mismo, reúne siempre las mismas cualidades; así, por ejemplo, un individuo desde su niñez hasta que llega a viejo se dice que es la misma persona, pero a pesar de que se dice que es la misma persona, ese individuo jamás reúne las mismas cosas en sí mismo, sino que constantemente se está renovando en un aspecto y destruyendo en otro... De este modo se conserva todo lo mortal, no por ser completamente y siempre idéntico a sí mismo como lo divino, sino por el hecho de que el ser que se va o ha envejecido deja a otro ser nuevo, similar a como él era, tanto en su cuerpo como en todo lo demás. No te admires, pues, si todo ser estima por naturaleza a lo que es retoño de sí mismo porque es la inmortalidad la razón de que a todo ser acompañe esa solicitud y ese amor”.

Y luego desarrolla Platón diversos modos de universalizarse a través de la fertilidad. Unos quieren universalizarse siendo fecundos a través del cuerpo. Hay quienes buscan una universalidad más interior, más duradera, inmortalizándose en sus acciones. Hay quienes buscan esa universalidad a través del conocimiento de lo verdadero...

Y dicho brutalmente sigue Trías: “A través de la revalidación del ente mediante la recreación de un retoño de sí mismo alcanza una salvaguarda de su “mismidad” que no puede confundirse con la “identidad”. El nuevo ser es el mismo ser fenecido; revalidado y recreado, pero esa mismidad soporta la diferencia (en “Filosofía del Futuro”). En efecto, para Trías el ser humano no es “ser para la muerte” sino “ser para la recreación”.

Voluntad ascendente, probada por la fecundidad, por la capacidad de rebasar la limitación y la muerte en la recreación de sí misma a través de la creación de un nuevo ser, voluntad tensada hacia el futuro...




Y ahora, el texto de Luis Espinal:




«Jesucristo dijo: "Quien quiera guardar su vida, la perderá; y quien la gastare por mí, la recobrará en su vida eterna". A pesar de todo, tenemos miedo a gastar la vida y entregarla sin reservas. Un terrible instinto de conservación nos lleva al egoísmo y nos atormenta cuando hemos de jugarnos la vida. Pagamos seguros por todas partes para evitar los riesgos. Y además de todo eso está la cobardía... Señor Jesucristo, nos da miedo gastar la vida. Sin embargo, Tú nos diste la vida para gastarla. No podemos reservárnosla en un estéril egoísmo. Gastar la vida es trabajar por los demás, aunque no nos paguen; hacer un favor a quien nada puede darnos a cambio; gastar la vida es arriesgarse incluso al inevitable fracaso, sin falsas prudencias; es quemar las naves en bien del prójimo. Somos antorchas, y sólo tenemos sentido cuando nos quemamos; sólo entonces seremos luz. Líbranos de la prudencia cobarde, la que nos hace eludir el sacrificio y buscar seguridad.Gastar la vida no es algo que se haga con gestos extravagantes y falsa teatralidad. La vida se entrega sencillamente, sin publicidad, como el agua de la fuente, como la madre que da el pecho a su hijito, como el sudor humilde del sembrador. Enséñanos, Señor, a lanzarnos a lo imposible, porque detrás de lo imposible están tu gracia y tu presencia; no podemos caer en el vacío. El futuro es un enigma, nuestro camino se pierde en la niebla; con todo, queremos seguir dándonos, porque Tú estás esperando en la noche con mil ojos humanos que se deshacen en lágrimas».

miércoles, 21 de mayo de 2008

En qué consiste elegir (4 de 4).

¿Cómo se comunican las líneas, las vidas diversas que vamos viviendo, aunque intentemos negar unas y así construir otras? Por elementos comunes a todas y que, por tanto, no pertenecen a ninguna. Al afirmar esos elementos, al dejar que corran, esa vida hecha de negaciones se resquebraja, se parte, se abre en un espacio en el que coexisten las vidas posibles, descubriéndose que “tu” vida es sólo una más. O descubriendo que ella es grande, amplia, inmensa, porque se abre a un abanico de variaciones. Elegir tiene que ver con todo eso. Reconocer que tú eres también eso que no quieres ser. Que esa posibilidad tuya, que ese camino que no quieres recorrer, te acompaña y compone junto al que llamas tuyo tu vida, que los alberga a todos (¿?) Entonces descubres que lo que llamas tu vida, tu identidad, es una ilusión. Esa vida es un soñar despierto. Es un vivir, un sentir esa pluralidad en uno, pero creer que sólo eres uno y no lo otro. Alguien camina por la calle. Sueña estar en otro lugar, pero no es así. “Sueño” es esa vida construida mediante exclusiones, mediante elecciones que pretenden cortar y separar los posibles. Los posibles ya están separados, pero también comunican. Por eso vuelven. Y si solo vuelven desde la exclusión, vuelven como monstruosos. Ni a lestrigones ni a cíclopes temas nunca. No los hallarás en tu camino si no eres tú quien ante ti los pone.
Elegir, con eso comenzábamos. Elegir no es tanto tomar un camino en vez de otro sino abrir un espacio en el que los caminos puedan resonar los unos en los otros, afectarse mutuamente, ser sentidos. Abrir, inventar, crear un espacio, dibujar una línea en el que los posibles converjan en su divergencia. Cuando sólo convergen, una identidad se constituye (por negación) y con ella su otro fantasmal, el que retorna, el que no deja en paz, ese horror que sale de dentro en tantas películas de terror. Ambos son correlativos. La dicotomía crea eso que llamamos nuestra vida y construida por negaciones, a una, crea a eso Otro que como doble siniestro no deja nunca de acompañarla.

Si intentamos resumir tenemos lo siguiente:
Elegir no es tomar un camino y no otro, haciendo del primero “nuestra vida” y no la otra, deseo ilusorio, soñar despierto. Elegir empieza siendo no tomar un camino u otro. Luego: crear, construir, hacer, dibujar, inventar, trazar un espacio, línea en el que se descubre que lo negado no es aniquilado sino que nos acompaña, y en el que los caminos puedan resonar los unos en los otros, afectarse mutuamente, ser sentidos sin sombra.

jueves, 8 de mayo de 2008

En qué consiste elegir (3 de 4).

Más sobre la elección. ¿Cómo elegir sin cortar? Aunque realmente, no podemos cortar, lo excluido regresa y nos acompaña. Entonces ¿qué es elegir, si no es tomar un camino en vez de otro? No lo es porque cuando tomamos un camino en vez de otro, ese otro insiste a nuestro lado, nos sigue acompañando con su realidad específica, como “el que no tomaste”. Elegir es entonces otra cosa. ¿Ser elegido? Ya veremos. Elegir no es tomar éste en vez de este otro camino, por que los caminos posibles se acompañan los unos a los otros. Se acompañan, no se funden, se siguen unos a otros, paralelos pero sin tocarse. Elegir entonces puede ser más bien afirmar el límite que separa a los posibles poniéndolos en relación. Para eso es necesario reconocer nuestra pluralidad, lo cual no es nada fácil. Esta mañana hemos oído en la radio una frase. Dejemos que haga su efecto: el hombre no vive sólo una vida, vive muchas y eso es la razón de su desgracia (Chateaubriand, en un libro de Paul Auster, el libro de las ilusiones o algo así). Advertir que nuestra vida no es solo una, sino que vivimos muchas vidas. Afirmar eso es difícil porque estamos constituidos por muchos cortes que hacen de “nuestra vida” sólo un camino y no los otros. Hacen de nuestra vida un camino definido por su negación de los otros, por la elección como corte. Obtiene determinación mediante negaciones. Soy esto porque no soy lo otro. Sin embargo esto y lo otro comunican, se afectan por su diferencia, y esa afección nos constituye. Para mucha gente, por ejemplo, acaba siendo más importante lo que no ha vivido que lo que ha vivido. ¿Cómo puede eso ser posible, si al elegir un camino el otro”desaparece” al ser negado? Es que no desaparece, insiste en ese camino que llamamos nuestra vida, sin confundirse con él. Este camino y el otro se componen en una realidad que tal vez nos cuesta aceptar. Tú también eres ese otro que no quieres ser. Si predomina la exclusión, cuando te encuentras con otro que es como tú (como ese que tú no quieres ser) lo rechazas porque rechazas a ese otro que eres tú.

Elegir es no sólo tomar este camino y no el otro sino también afirmar la diferencia que los mantiene comunicados, afectándose mutuamente. Elegir (sin cortar) es dibujar, inventar, crear una línea que pone en comunicación los caminos posibles, haciendo que reverberen, resuenen, que se afecten los unos a los otros. Es producir conexiones, propiciar acontecimientos. Tal vez escribiendo pequeños textos que sean como esas líneas que separan, es decir, descubren y afirman la pluralidad de esa vida unificada a partir de oposiciones, mostrando que lo otro vuelve, que no se va, que acompaña, como un gemelo. Y desde ahí, seguir las líneas, adentrarse en ellas.

martes, 6 de mayo de 2008

En qué consiste elegir (2 de 4).

¿De verdad podemos elegir este camino y no el otro, o expulsar para siempre algo de nuestra vida? Pienso en gente que conozco y cuya vida se consume en tratar de expulsar algo de sí. Esa sombra les persigue siempre. Luego hago el esfuerzo de mirarme en el espejo, buscando aquello que niego, eso a lo que doy la espalda, porque quiero echar fuera. Y bien, diremos que está ahí.

A nuestra vida la afecta tanto lo que hacemos como lo que no hacemos. El “no” a un camino, a una posibilidad, no lo aniquila ni lo deshace, no lo vuelve nada, no desaparece. Cobra una vida peculiar debajo de esa negación, o con ella más bien.

Negar es impotente, lo negado vuelve. Cortar, seleccionar, es imposible, aunque uno pueda vivir toda su vida dentro de la creencia en esa imposibilidad.

Hace un rato caminaba cerca del mercado, pensando en estas cosas. Advierto, pero no con estas palabras, lo siguiente, que apunto rápidamente. La vida de uno toma un camino y no otro. Pretende cortar. Ese camino toma la forma de una línea, la de tu vida. Pero el camino no elegido, la otra línea, no es aniquilada, sino que te acompaña, por así decir, con su realidad propia. Segunda línea. Pero entonces uno ¿dónde está?. Respuesta:entre las dos líneas se abre una tercera que las pone en relación. Esa tercera es “lo que entonces estaba ocurriendo”, en aquel paseo. Ahora pienso: autoafección, subjetividad o mismidad. Equilibrio. Uno y otro...